
Tormentas y granizo: el enigma de las nubes y su impacto en el clima, un análisis de 30 años de imágenes
2025-03-30
Autor: Sofía
MADRID. – Las nubes son uno de los mayores misterios del clima terrestre, estructuras etéreas que pueden albergar cientos, incluso miles de toneladas de agua en pequeñas gotitas suspendidas en la atmósfera, flotando como sueños en el cielo. Estas formaciones juegan un papel dual: mientras que las nubes bajas reflejan la energía solar hacia el espacio, provocando un enfriamiento de la atmósfera, las nubes altas retienen la energía del suelo, contribuyendo al calentamiento. El balance entre ambos fenómenos depende de su tamaño, ubicación y cantidad de agua que contienen. Por ejemplo, una sola tormenta puede contener millones de toneladas de agua enfurecida.
Hasta ahora, los científicos han llegado a la conclusión de que, en términos globales, las nubes tienden a enfriar la superficie terrestre, haciendo que sea más fría con nubes que sin ellas. Sin embargo, sus efectos sobre el clima son sumamente complejos, introduciendo un mar de incertidumbres en los modelos climáticos y de predicción. Curiosamente, así como las nubes afectan al clima, los cambios climáticos también afectan a las nubes, y no está claro cómo se verá alterada esta relación en un mundo que se calienta rápidamente.
Un estudio reciente, publicado en la revista Climate Dynamics, realizó un exhaustivo análisis de más de 30 años de imágenes satelitales de las nubes capturadas por los satélites meteorológicos de la NASA, como Terra y Aqua. Los investigadores del Instituto Goddard de Estudios Espaciales de la NASA y de la Universidad de Estocolmo han encontrado un notable estrechamiento de una de las franjas nubosas más consistentes del planeta: una capa blanca que rodea el Ecuador. Según los climatólogos, esta reducción, cifrada en un 1,5% por década, podría permitir la entrada de mayor luz solar al reflejar menos luz, lo que conduciría a un calentamiento adicional de la atmósfera, intensificando la espiral del calentamiento global. También se observaron cambios en los patrones de las nubes, desplazándose desde latitudes medias hacia los polos, creando inquietud sobre su impacto futuro.
El desvanecimiento de las nubes podría traer numerosas consecuencias, además de hacer del cielo un desolado lienzo para artistas y poetas. Las agencias espaciales llevan décadas observando un misterio: el desequilibrio entre la energía solar que llega a la Tierra y la energía que esta emite. Este desequilibrio sugiere que más energía está entrando de la que está saliendo, lo que en gran parte se asocia con la actividad humana, como las emisiones de gases de efecto invernadero y la pérdida de grandes masas de hielo en el Ártico. Sin embargo, los investigadores están considerando la desaparición de las nubes como un posible factor clave que podría explicar este fenómeno, respaldando hallazgos similares publicados recientemente por climatólogos de la NASA.
Pero el cielo no solo está lleno de agua; también hay aerosoles, partículas que flotan en la atmósfera. Estos aerosoles provienen de diversas fuentes: polvo traído por el viento de los desiertos, cenizas de incendios forestales, emisiones volcánicas, polen y actividades agrícolas. Carmen Córdoba Jabonero, investigadora del área de Investigación e Instrumentación Atmosférica del INTA, explica que los aerosoles son fundamentales para la formación de nubes, al tiempo que reflejan y atrapan energía, creando un ciclo donde ambos elementos se influencian entre sí. Para explorar esta compleja interacción, la Agencia Europea del Espacio (ESA) y la japonesa JAXA lanzaron en mayo el satélite EarthCARE, que orbita a 400 km sobre la Tierra, equipado con instrumentos para estudiar el clima y los aerosoles.
EarthCARE, que significa Explorador de Nubes, Aerosoles y Radiación Terrestres, costa de cuatro instrumentos que miden y analizan diversos aspectos de las nubes y la radiación solar. En este contexto, la investigación está en marcha, y la científica lidera el proyecto Clavel, recientemente aprobado por la Agencia Estatal de Investigación, que estudia la interacción entre nubes y aerosoles en diferentes entornos, como zonas afectadas por el polvo del Sahara y ambientes marinos.
Además, en un terreno diferente, los investigadores como José Luis Sánchez, de la Universidad de León, se enfrentan al desafío del granizo; han analizado más de 180,000 piedras de granizo. Sánchez, apasionado desde joven por el estudio de las nubes, se encuentra en proceso de buscar financiación para desarrollar un sistema antihielo en drones, que podría revolucionar la predicción y mitigación de este fenómeno. El interés se debe a que las gotas líquidas en nubes a bajas temperaturas pueden congelarse al impactar en aviones y drones, creando riesgos significativos.
Finalmente, Sánchez y su equipo están trabajando en un proyecto para identificar a través de satélites zonas de formación de granizo, un fenómeno que varía mucho en cuanto a su ubicación e incidencias, pero que, según sus datos a lo largo de 25 años, está incrementándose debido al calentamiento global. Los hallazgos sugieren que a medida que los frentes fríos cambian, también lo hacen las características de las tormentas y las dimensiones del granizo, revelando una relación alarmante que merece atención urgente.
Si quieres saber cómo este enigma de nubes y granizo puede impactar no solo a la meteorología, sino también a la agricultura y la aviación, ¡no te lo pierdas!