
Mon Laferte: La voz de las cicatrices que desafía la dolorosa historia de su vida
2025-03-18
Autor: Isidora
Mon Laferte siempre supo que su voz era su mayor legado y que, si quería alcanzar algo más en la vida, tendría que luchar con uñas y dientes para conseguirlo.
Desde pequeña, comprendió que su camino hacia la música no sería el típico de los que siguen rutas académicas o de privilegios. Ella llegó a la música por necesidad, como un escape de Viña del Mar, buscando dejar atrás una infancia llena de limitaciones, un salvavidas en un país donde ser artista puede parecer una locura.
Viña del Mar, el escenario del famoso Festival Internacional de la Canción, donde las estrellas brillan y son adoradas por miles, refleja un glamur que contrasta con la realidad de Mon, quien creció en un contexto donde el arte no era una opción viable, sino una ilusión distante. Desde su infancia, rodeada de los ecos de boleros y rancheras que escuchaba con su abuela, con canciones que hablaban de amores imposibles y profundas tristezas, el canto se convirtió en su lenguaje de resistencia.
Nacida el 2 de mayo de 1983, Mon ha vivido más de lo que sus 41 años sugieren, y sus tatuajes cuentan historias de superación y dolor. Aprendió a tocar la guitarra y a componer desde muy joven, transformando su música en un refugio emocional en medio de las ausencias y carencias. Mientras otros brillaban en la Quinta Vergara, ella se presentaba en lugares olvidados, cantando para familias en reuniones sencillas.
A pesar del reconocimiento que el programa de talentos "Rojo, fama contrafama" le ofreció, Mon no encajaba en el moldes que la industria musical trató de imponerle. La consigna de convertirla en una estrella pop con una imagen pulida nunca representó su esencia auténtica. Por eso, un día decidió tomar el control de su vida; empacó lo poco que tenía y se trasladó a la Ciudad de México, donde comenzó de nuevo, interpretando en bares oscuros y en el metro, donde la música era una cuestión de sobrevivir.
Sin embargo, la vida le tenía preparada una amarga sorpresa: un diagnóstico de cáncer de tiroides. Con un golpe desolador, se enfrentó a una enfermedad que amenazaba su voz, su herramienta más valiosa. Lo que debería haber sido su final se convirtió en una renovación. Mon no solo sobrevivió, sino que resurgió de las cenizas, a pesar de que algo dentro de ella cambió; su interpretación se volvió más intensa y personal, un verdadero exorcismo de sus demonios.
El domingo pasado, en una potente actuación en el festival Vive Latino, Mon Laferte eclipsó el escenario. Ante 30,000 personas, su voz, cargada de emoción y experiencia, resonó como una llamada a la escucha y a la conexión. Su presentación fue un reafirmar lo genuino frente a la impostura de la industria y el espectáculo comercial.
Lo que sucedió en el festival reflejó un cruce de realidades; músicos consagrados, que alguna vez fueron vanguardia, se encontraron inmersos en un espectáculo que, en su esencia, contradice la historia del rock. La nostalgia de la televisión mexicana, que en el pasado fue vista con desdén, hizo que muchos cedieran ante el brillo de tiempos dorados, dejando atrás los ideales que alguna vez defendieron.
Pero cuando Mon Laferte subió al escenario, el aire cambió. Se presentó sin filtros ni adornos, con la cruda verdad de su arte. Su performance, una mezcla de cabaret, sensualidad y honestidad, rompió con el simulacro que la rodeaba, recordando a todos la autenticidad que un día fue el corazón del festival.
En un vestido que realzaba su figura, adornada con anillos brillantes y su característico cabello al estilo de las grandes vedettes, Mon conquistó a su público. Su voz, profunda y llena de cicatrices, es un testimonio de su vida, capaz de conectar con las heridas del alma de aquellos que la escuchan. Las cicatrices que emanan de su canto se quedan en quienes tienen la suerte de sentir su música, transformando la tristeza en fuerza y expresión.